Libertad

La invasión de los teporingos

En el hermoso pueblo de Atlixco, cerca de los volcanes Iztaccíhuatl y Popocatépetl, vivía una sencilla familia conformada por Mariana y Jaime, los padres, y Jaimito, el único hijo. Jaime era herrero y su oficio apenas le daba para cubrir los gastos de los tres. Habitaban una casa sin lujos, pero muy acogedora, que les prestaba la tía Cristina, una rica ganadera de Apizaco, en Tlaxcala. La tía nunca se había casado y se sentía muy sola, tenía pocas amistades porque era severa y exigente. Cada que visitaba a la familia les recordaba que gracias a ella tenían dónde vivir. Cuando Jaimito cumplió once años pensó en llevarlo a vivir con ella. Mariana y Jaime se resistieron, pero cuando los amenazó con quitarles la vivienda tuvieron que aceptar. “Jaimito tendrá todo lo mejor conmigo, por eso no se preocupen”.

El muchacho se despidió llorando de sus padres e hizo el viaje hasta Apizaco. La casa, su habitación y los alimentos eran espléndidos, pero extrañaba el sencillo cuarto de antes desde donde podía ver las fumarolas del volcán Popocatépetl y soñaba con su erupción. Lo que más lo afligía era la forma de ser de su tía: no le permitía salir de la casa, lo encerraba bajo llave, lo obligaba a acompañarla todo el día y le exigía siempre que la cuidara, pues a cada rato decía que se estaba muriendo. La piel bronceada de Jaimito, acostumbrado a jugar bajo el sol, comenzó a palidecer y nunca tenía apetito. Por las noches lloraba en silencio.

Al verlo así, la tía Cristina pensó en darle una mascota e hizo que los peones atraparan a un teporingo, uno de los pequeños conejos que sólo viven esa región. Jaimito lo recibió con alegría y le acondicionó una caja de madera. Aunque lo trataba con mucho amor, notó que el animalillo estaba cada vez más encanijado, triste y soñoliento. Una tarde, mientras le acariciaba sus diminutas orejas, le dijo: “Te sientes así porque estás fuera de tu ambiente, lejos de tu familia. Encerrado aquí. Hoy mismo vamos a resolverlo”. Aprovechando que la tía dormitaba, llevó al conejito al jardín y lo dejó ir por un agujero que había en la cerca.

El teporingo llegó con los suyos y les contó lo ocurrido. El más valiente de todos propuso “tenemos que rescatar a ese muchacho”. Convocaron a sus parientes y formaron un ejército de miles que se dirigió a casa de tía Cristina. Su tamaño les permitió invadir fácilmente la casa: estaban en la sala, la cocina, las escaleras, el baño y el cuarto haciendo ruido con sus hociquillos. Al verlos la tía pensó que se estaba volviendo loca y le pidió a un trabajador que la llevara al manicomio de Cholula para consultar a un médico. Cuando el coche arrancó Jaimito supo que era momento de huir. Los teporingos lo escoltaron hasta la carretera y le dieron unas monedas para pagar el autobús. Cuando volvió a su hogar sus padres lo recibieron felices. “Es hora de buscar otra casa” dijo Jaime. Empacaron sus cosas y comenzaron a andar. Cientos de pequeños ojos los seguían con emoción.

En busca de la libertad

Al terminar la Segunda Guerra Mundial los países del mundo quedaron divididos en dos grandes tendencias políticas: el capitalismo, liderado por Estados Unidos, y el comunismo, liderado por la Unión Soviética. Este segundo sistema se extendió a muchas naciones europeas, como Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria, Albania y Polonia, y también a un país de América: Cuba. Tenía algunas ventajas importantes para la población, por ejemplo, una distribución de la riqueza más justa, buenos servicios de salud y una excelente educación que formó a grandes intelectuales y deportistas. Sin embargo, los gobiernos de esos países dependían por completo de la Unión Soviética, que tomaba todas las decisiones y combatía a quienes luchaban por tener naciones más libres e independientes, como ocurrió en la Revolución de Hungría (1956) y la Primavera de Praga (1968).

Por otra parte esos gobiernos ejercían un feroz control de los habitantes. Prohibían la libertad de expresión (nadie podía criticarlos), impedían la libertad de tránsito (los ciudadanos no podían viajar fuera del país), exigían que se doblegaran a las decisiones de los líderes políticos y los vigilaban a cada momento. En Rumania, por ejemplo, existía un control de las máquinas de escribir para evitar que se escribiera propaganda contra el gobierno. Muchos de los gobernantes se convirtieron en verdaderos tiranos, con tanto poder como tenían antes los reyes y en sus países se fue acrecentando el malestar.

La rivalidad entre la Unión Soviética y Estados Unidos provocó el boicot de dos ediciones de los Juegos Olímpicos, en 1980 y 1984. Por otra parte, algunos deportistas olímpicos procedentes de las naciones comunistas aprovecharon sus salidas del país para huir de los regímenes que les quitaba la libertad. El jugador soviético de hockey sobre hielo Sergei Fedorov aprovechó un viaje de su equipo para refugiarse en Estados Unidos. Los jugadores de futbol húngaros Sándor Kocsis y Férénc Puskás, miembros de la Selección Húngara que triunfó en Helsinki, 1952, se hallaban fuera de su país cuando la URSS invadió Hungría y tomaron la oportunidad de escapar del régimen. También hubo varios casos entre los deportistas cubanos. Huyeron del régimen comunista el levantador de pesas Roberto Urrutia, la gimnasta Ana Portuondo y el esgrimista Elvis Gregory Gil.

Los gobiernos de sus países los llamaron “desertores”, palabra que se usa en la milicia para condenar a los soldados que abandonan sus obligaciones. Sin embargo, ellos no fueron traidores, simplemente buscaron nuevos horizontes para desarrollar sus vidas de manera más autónoma. Los gobiernos comunistas cayeron a fines de la década de 1980 e inicios de la década de 1990. Tras su fin salieron a la luz hechos indebidos. El gobierno de Alemania Democrática, por ejemplo, administraba drogas a sus atletas para que ganaran en las competencias. El mundo de hoy no es mejor ni peor que antes de la caída del comunismo. Sin embargo esas naciones deciden de forma independiente su destino y respetan las libertades de sus ciudadanos.

Las tres doncellas

Hace muchos muchos años, pero de veras muchos, en los bosques espesos de la Sierra Tarahumara vivían criaturas extrañas, dotadas de poderes mágicos como detener el viento, convocar a las aves y reunir a los animales que habitaban en ellos. En una cañada oculta habitaba Soque, un brujo viejo y malvado. Una tarde, cuando se acercó a un ojo de agua cristalina, vio que en él se bañaban tres doncellas hermosas y delicadas. Su belleza lo cautivó de tal manera que se apoderó de ellas y las mantenía cautivas como esclavas. Todo el día tenían que trabajar para mantenerlo contento: lavaban la ropa en el río, barrían la choza, salían a buscar hierbas para las brujerías, preparaban salsas picantes en el molcajete y molían maíz en el metate para hacerle pinole, su golosina favorita. Si algo no salía como a él le gustaba, les pegaba, las regañaba por horas y las dejaba encerradas sin comer. Un día las mandó de cacería, pero no encontraron las zorras que les había pedido el malvado. Temblando, se encaminaron a la choza. “De seguro nos va a pegar con pencas secas de nopal”, dijo una. “Tal vez suelte a las abejas más bravas”, comentó la otra. “O quizá desate a su tigrillo para que nos muerda…” complementó la tercera.

Estaban llore y llore cuando escucharon una voz ronca y extraña que venía del bosque: “Huyan, que yo sabré protegerlas”, les indicó. Aunque no lograron identificar al que hablaba, siguieron sus instrucciones. Muy lejos de allí hallaron un lugar seguro y tranquilo, donde iniciaron su nueva vida. Bebían agua de los arroyos, comían fresas recién cortadas y se divertían mirando a los colibríes que se peleaban por el néctar de las flores. Los pájaros y los animales del bosque eran sus amigos y convivían amablemente como si se conocieran de toda la vida. Una mañana llegó un enorme pájaro carpintero que se posó en la rama de un abedul y les dijo “salgan rápido de aquí, el malvado Soque viene por ustedes y se encuentra muy cerca”. Aunque corrieron con todas sus ganas, Soque estaba a punto de alcanzarlas cuando se escuchó de nuevo la voz que les había hablado tiempo atrás: “Tómense de las manos y haré que suban al cielo”, les indicó.

Así lo hicieron y se elevaron sobre el fondo azul de la media tarde. Enfurecido, Soque tensó su arco. Cuando las flechas las alcanzaron, las tres doncellas se convirtieron en tres estrellas que han brillado por miles de años. Arrepentido por lo que hizo, cada noche Soque se transforma en coyote y regresa al lugar de los hechos para aullarle al cielo.

– Fuente Electrónica: http://www.fundaciontelevisa.org/valores/cuentos/agosto-cuento-de-libertad/

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Justicia

El brinco

En el pueblo de La Quemada los juegos de azar estaban prohibidos hacía años, pues sólo traían problemas. Sin embargo Doña Enedina y Don Roque, dueños de la tienda de abarrotes, tenían un “brinco”, como se les llama a los lugares de apuestas ilegales. Instalado en el traspatio de su casa, el juego principal eran peleas de gallos, una terrible costumbre llegada del Oriente. Pocos días antes de las peleas se corría la voz y la gente empezaba a cruzar apuestas. Llegada la fecha, los abarroteros organizaban una verdadera fiesta con pulque, aguardiente y cantantes de ranchero. Solían terminar entre gritos y sombrerazos que las autoridades del lugar ignoraban mediante un soborno.

En agosto de 1970 los abarroteros organizaron lo que según ellos era la “pelea del siglo”. En ella se enfrentarían, por primera vez, dos gallos temibles por su violencia: el Colorado y el Jalapeño. Nadie sabía que eran hijos de una misma gallina ¡es más, habían llegado al mundo dentro del mismo huevo! La noche del enfrentamiento había más de cincuenta personas. El alcohol corría a chorros y la bolsa de las apuestas sumaba diez mil pesos. Pero cuando soltaron a los gallos todo fue desilusión. El Colorado le dio un tremendo picotazo al Jalapeño, pero cuando éste lo iba a atacar reconoció a su hermano y ya no pudieron pelearse por más que la gente les gritaba.

Al ver que el enojo del público aumentaba los abarroteros empezaron a gritar “¡lárguense!”, pero antes tenía que resolverse el asunto del dinero. Los que habían apostado por el Colorado lo declararon vencedor por el picotazo del inicio. Los que habían apostado por el Jalapeño aseguraban un picotazo no bastaba para definir la victoria. Unos y otros comenzaron a zarandear a don Roque, árbitro de la pelea. Asustada, doña Enedina salió y llamó a Benjamín, un policía que iba pasando. “¡Auxilio!” gritó como una verdadera loca. El policía, nuevo en el lugar, le silbó a su compañero. Ambos entraron y los apostadores les explicaron lo ocurrido, pidiéndoles que hicieran justicia con respecto al dinero.

Benjamín vio todo aquel desastre y les dijo: “¿Quieren justicia?” “¡Sí!” gritaron los apostadores. “Pues vamos a empezar” aseveró. “Quedan detenidos los dueños del lugar por celebrar peleas de gallos y servir alcohol sin licencia. También quedan detenidos los apostadores porque la ley del pueblo prohíbe los juegos; los cantantes, por desafinados, y los demás, por complicidad.” “¿Y el dinero? Te lo vas a robar…” dijo el dueño del Colorado. “No —respondió Benjamín—, se lo daré al juez responsable de decidir qué castigo les corresponde. Lo que sí me quedo son los gallos para protegerlos de ustedes.” Esa madrugada todos durmieron tras las rejas hasta que el canto del Colorado y el Jalapeño, que andaban sueltos, los despertó.

La Mulata de Córdoba

En época colonial, en la Villa de Córdoba, Veracruz, existió una bella mulata llamada Soledad, que vivía aislada del trato de los demás, pues los descendientes de la mezcla entre blancos y negros no eran bien vistos. Su presencia provocaba escándalo y siempre daba lugar a rumores y cotilleos maliciosos. Aparte de su hermosura se hizo famosa por su uso de la herbolaria tradicional para curar enfermedades. Contaban que era capaz de predecir las tormentas, los terremotos y los eclipses. Podía hacerlo por su profundo conocimiento de la naturaleza, pero las habladurías del pueblo comenzaron a decir que practicaba la brujería.

Sus problemas aumentaron cuando comenzó a cortejarla Don Martín de Ocaña, el alcalde de Córdoba. Le escribía poemas, le enviaba regalos y arreglos florales, pero la misteriosa Soledad simplemente no le hacía caso alguno. Despechado por esos desaires, la acusó de haberle dado a beber una infusión de toloache, una planta que provoca la pérdida de la razón. En nombre de la Santa Inquisición una multitud de curiosos y la policía fueron a detenerla. Muy tranquila ella abrió la puerta y se entregó a las autoridades y la condujeron a las mazmorras del Palacio de la Santa Inquisición en la Ciudad de México.<7p>

Una vez recluida allí la sometieron a un juicio lleno de irregularidades, con testigos pagados, pruebas falsas y mentiras de todo tipo. La sentencia fue muy cruel: la condenaron a morir quemada en leña verde en un acto público, en presencia de sus mentirosos acusadores y del público morboso.

Faltaban varios días para que se efectuara esa humillante ejecución y doña Mulata permanecía silenciosa en la oscuridad de su celda. De vez en cuando platicaba con Alfredo, su custodio, un joven apuesto y bueno, quien no estaba de acuerdo con el daño que le iban a hacer. La Mulata le pedía pequeños favores, como comprar nardos frescos para perfumar la celda o llevarle un peine para arreglar su cabello rebelde. En una ocasión le pidió algo mucho más extraño: tres o cuatro piezas de gis o tiza de la mejor calidad.

El celador se los llevó la noche anterior a la ejecución y Soledad empezó a dibujar sobre las paredes un prodigioso barco con sus detalles representados a la perfección. En el dibujo podían apreciarse las velas extendidas y hasta las olas de un mar tranquilo. Alfredo no cabía en sí del asombro y le comentó: “¡Doña Mulata, parece de verdad!”

“¿Y qué es lo único que le falta?” preguntó Soledad. “Pues navegar…” le dijo Alfredo. “Mira ahora cómo anda”, respondió ella. En un momento mágico que Alfredo recordó el resto de su vida, Soledad se subió a la embarcación pintada en el muro. Ante los asombrados ojos del custodio ésta se alejó, como si la pared fuera el horizonte mismo, hasta convertirse en un punto invisible.

Al día siguiente, cuando los oficiales fueron para conducirla al lugar de la ejecución, no la encontraron y tampoco creyeron el relato de Alfredo. Pensando que la había ayudado a huir, lo condenaron a doscientos azotes y a permanecer un año en la cárcel.

– Fuente Electrónica: http://www.fundaciontelevisa.org/valores/cuentos/cuento-de-justicia/

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Esperanza

El Rayo de Oriente

El señor Mario trabajaba como boletero en la pequeña estación de trenes de un pueblo cercano a la ciudad de Perote, Veracruz. No había demasiados pasajeros, pero el ferrocarril servía para el transporte de mercancías de todo tipo. Como no contaba con suficiente personal él se encargaba de mantenerla limpia y arreglada. Pintaba las paredes, barnizaba las bancas y pulía los escalones de granito que llevaban a los andenes. En ellos los pasajeros abordaban los vagones del “Rayo de Oriente”, como se llamaba el ferrocarril que llegaba por ahí. Cuando éste se acercaba a la estación el señor Mario, con su impecable uniforme, salía a darle la bienvenida y saludaba con un abrazo a Don Valentín, el maquinista.

Pero en 1992 todo cambió. Los viajes del “Rayo de Oriente” se hicieron cada vez más raros y, de repente, cesaron por completo. Por una decisión del gobierno se suspendieron todos los viajes de tren a lo largo del país y las estaciones quedaron abandonadas: desde las más sencillas hasta la gran estación Buenavista en la capital de México. Los empleados fueron liquidados y la gente tuvo que usar medios de transporte distintos. Después de un siglo de historia (desde que los inauguró don Porfirio Díaz) los ferrocarriles se habían ido para siempre de México.

La estación de don Mario corrió el mismo destino. Se vació de pasajeros y del escaso personal. En dos meses se llenó de polvo y de arañas; sobre las vías comenzaron a crecer plantas silvestres. Don Mario la visitaba y veía con tristeza su deterioro. Pero una mañana que se hallaba allí sintió en el rostro el golpe de un rayo de sol que entraba por la ventana y tuvo la corazonada de que el tren iba a regresar a la estación. Pensó que si el maquinista la hallaba en mal estado no se detendría y planeó hacerse cargo de la situación.

Todos los días llegaba en su antiguo horario y reparaba los desperfectos. La gente le decía que estaba loco, que el tren no iba a volver. “Pero qué tal si vuelve y no estamos preparados” respondía él mientras enceraba el piso. Un domingo por la tarde dormitaba en su lugar de boletero cuando escuchó la inconfundible marcha del tren sobre las vías. Se incorporó y se miró al espejo para comprobar que todos los detalles de su uniforme fueran perfectos. Cuando salió al andén vio venir al “Rayo del sur”. Don Valentín, el maquinista, se asomó por una ventanilla y le dijo “Veo que todo está en orden. ¡Ándale Mario, súbete de una vez!”. Don Mario entró a un vagón y el tren reanudó su marcha, se alejó y pronto fue sólo un punto negro en el horizonte.

Los campeones de valor

El Comité Olímpico Internacional considera que uno de los valores esenciales del olimpismo es la esperanza de vivir en un mundo mejor para todos y considera que los Juegos son un vehículo para lograrlo. El verdadero objetivo no consiste en romper marcas u obtener medallas (logros que, por otra parte, significan el cumplimiento de las esperanzas individuales de cada deportista que participa), sino en imaginar y construir un mundo ideal donde reinen los valores. La exposición Esperanza: cuando el deporte puede transformar al mundo, presentada en el Museo Olímpico de Lausana en 2011 buscó subrayar ese aspecto y transmitirlo a los niños.

De acuerdo con la muestra el olimpismo es una mentalidad, una filosofía de vida que pone el deporte al servicio del mejoramiento de la humanidad apoyado en tres ejes inspirados por la esperanza. I. Alentar el esfuerzo de los deportistas implica imaginar un mundo de excelencia, donde cada quien esté dispuesto a dar lo mejor de sí. II. Preservar la dignidad humana de cada uno de ellos construye un sueño posible: un mundo en el que todos se respeten. III. La armonía en la celebración busca alcanzar un ideal: un mundo en el que todos celebren y disfruten la amistad.

– Fuente Electrónica: href=”http://www.fundaciontelevisa.org/valores/cuentos/cuento-de-esperanza-3/

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Fortaleza

El subibaja

Martín y Romeo vivían en el mismo edificio, una elevada torre de departamentos en las afueras de la ciudad. Tenían la misma edad e iban al mismo colegio, pero no podía haber dos chicos más diferentes. En la escuela Martín corría y saltaba todo el día, superaba a todos en la clase de educación física y disfrutaba demostrando su poderío: en una ocasión fue expulsado por romper, con los golpes que había aprendido en su clase de karate, tres escritorios de un hilo. Pero el castigo no le sirvió de nada y el mismo día por la tarde ya andaba trepándose a los árboles más altos del parque, sin medir las consecuencias de una caída libre sobre los adoquines rojos del suelo.

Romeo, en cambio, era quieto y silencioso y pasaba largos ratos pensando. Cuando Martín rompió las bancas buscó en la enciclopedia qué técnica de karate había empleado. Y cuando se trepaba a los árboles, podía decir sin problema si su compañero y amigo estaba en las ramas de un eucalipto, un trueno o un pino, cómo podría convertirse en un ejemplo de la fuerza de gravedad y cuáles serían los primeros auxilios que debería de aplicarle en caso de un accidente. Porque, curiosamente, siempre andaban juntos, aunque uno no entendiera bien al otro. “De grande voy a ser psicólogo, Martín —le decía Romeo—, para ver si así te entiendo.” Enojado, Martín lo fintaba como para darle un zape.

Una de esas tardes, cuando regresaban de jugar, entraron al elevador del edificio. Romeo vivía en el piso 2 y Martín en el 20. Sin embargo, cuando lo abordaban, acostumbraban acompañarse uno al otro. “Yo te acompaño”, decía Romeo, y subían al 20. “Yo te acompaño a ti”, decía Martín y bajaban al 2. “Pues ahora yo te acompaño a ti”, volvía decir Romeo y así podían pasar horas en el subibaja (cómo le decían al elevador) hasta que decidían mejor subir a la azotea.

Romeo empezaba a hablar de las estrellas mientras Martín ensayaba el poder de sus patadas contra los tinacos y los lavaderos…

En una tarde, después de unos veinte viajes redondos, se fue la luz y el subibaja se quedó detenido más o menos por el piso 15.

Todo era tinieblas. El poderoso Martín, que no parecía temer nada, lloraba sin consuelo, y su miedo se convirtió en rabia: “Ahorita verás si no salimos de aquí”. Empezó a dar puñetazos y patadas contra las paredes de metal, pero sólo consiguió lastimarse los pies y quedó todavía más asustado. “Calma, pueblo”, dijo Romeo, tranquilo como si estuvieran bajo la luz del día. Sacó su linterna de bolsillo, iluminó el tablero y oprimió un botón que decía: “Motor de emergencia”. La lámpara del elevador se encendió y éste comenzó a moverse de nuevo. Pero no, no se fueron a sus departamentos. Bajaron y subieron por más de una hora hasta que ya mareados salieron a la azotea para respirar el aire fresco de la noche.

Los caballos de Abdera

En Abdera, la antigua ciudad tracia situada en el Mar Egeo, el mayor orgullo de los habitantes eran sus poderosos caballos, que gozaban de enorme popularidad y a cuya crianza y educación se dedicaba la mayoría de las personas. La situación había llegado a excesos, las caballerizas eran una extensión del hogar y, en ocasiones, los caballos comían en la misma mesa que las personas. Cada animal tenía su propio nombre y vivían en completa libertad. Estaban amaestrados a un grado tal que bastaba un toque de trompeta para reunirlos en la ciudad, obtener sus servicios militares y verlos ejecutar complicadas suertes circenses y de acrobacia.

La educación y los cuidados que recibían provocaron que los caballos fueran cada vez más inteligentes e independientes y que cobraran una fuerza sorprendente. En vez de usar estas fortalezas para fines positivos, los caballos se hicieron más caprichosos, abusivos y exigentes. Atacaban a los niños pequeños, se metían de improviso a los hogares y saqueaban las plantaciones en busca de alimento; desobedecían a sus dueños y ya no acudían al llamado de éstos. Poco a poco tomaba forma una inesperada rebelión sin sentido que era mero lujo de fuerza.

Finalmente, una noche, decidieron atacar la ciudad amurallada. Entraron provocando un gran estruendo, levantando mucho polvo a su paso, atacando a cientos de personas inocentes que caían abatidas por decenas. La gente trataba de huir, pero los feroces corceles lo impedían. En cuestión de horas todo había quedado destruido.

Sin embargo, un punto de la ciudad permanecía a salvo. Se trataba de la fortaleza, donde decenas de habitantes se habían refugiado para resistir el ataque y organizar una acción defensiva contra éste. Los caballos rebeldes lo sabían y planeaban tomarla con lujo de poder para que la ciudad entera quedara bajo su dominio absoluto. El primer ataque ocurrió cuando el sol se estaba poniendo; los caballos corrieron frente a la fortaleza pero fueron abatidos por sus enemigos. En los ataques que siguieron lograron afectar los muros de la construcción, preparando la entrada final. Parecía mentira, pero las sólidas paredes de piedra estaban cediendo y las personas pensaron que el fin estaba cerca.

Cuando la entrada ya era inminente ocurrió algo inesperado. Sobre el cielo de la tarde surgió la inmensa cabeza de un león que miraba a la ciudad; era una fiera antigua y terrible que de vez en vez aparecía en los montes, de tamaño tan colosal que superaba la altura de ésta. Dejaba ver sus filosos colmillos y su aliento era tan poderoso como un huracán. Comenzó a andar lentamente y de un solo zarpazo arrojó a los caballos rebeldes al mar.

En la fortaleza reinaba el pánico, pues nada podrían hacer contra un enemigo así de poderoso. Estaban esperando lo peor cuando aquel monstruo lanzó un grito humano que los habitantes reconocieron de inmediato. En un momento la fiera se transformó en un hombre fuerte e imponente. ¡Era el valiente guerrero Hércules que había llegado a salvarlos!

– Fuente Electrónica: http://www.fundaciontelevisa.org/valores/cuentos/cuento-de-fortaleza

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Confianza

Chiras pelas

“¡Para manzanas las de Zacatlán, Manuel!” decía mi tío que murió hace un año. Tenía razón el viejito, en ningún otro lado son tan perfumadas y jugosas. En la época de la cosecha —que toca en las vacaciones— los chamacos trabajan por gusto y se trepan como changos a los árboles para cortarlas y meterlas en canastas. Les pagan unos pesos que se gastan en la feria y, de pilón, reciben unas cuatro que les regala el patrón. Cuando éste junta bien hartas se lavan bien, se secan y se meten en cajas que se venden para fabricar sidra, la bebida más famosa del pueblo, fría y espumosa, con sabor a campo, deliciosa en los días de calor.

Fue en unas de esas vacaciones cuando conocí a Rubén, un niño huérfano que venía de Apizaco. Trabajábamos en el huerto de mi padre. Un día, así como que no quiere la cosa, empezamos a hablar de toros y mulas, sacó sus canicas y me enseñó a jugar; por él supe diferenciar una bombona y una agüita y lo que significaba “chiras pelas”. Él era el mejor de todos y nunca hacía trampa (bueno, una vez sí, para dejarme ganar). Por eso se quedó a vivir en la hacienda. Nadábamos en el río y correteábamos a la Pelusa, la perrita consentida de todos que a cada rato andaba cargada. Así crecimos; yo empecé a estudiar en Puebla para veterinario y él siguió trabajando en el campo, pero siempre que yo iba allá nos veíamos. Cuando papá ya estaba viejo y cansado dejó el negocio en mis manos y me pidió que me encargara de él.

Un sábado que fui no encontré a Rubén. Estaba preso en la cárcel municipal y por la tarde se lo llevarían a la de Puebla. “¿Por qué?” pregunté a Mario, el capataz, a quien yo ya había agarrado en algunas transas. “Se perdieron dos cajas de manzanas de las buenas y se me hace que él las agarró porque trae botas nuevas.” Cuando oí esto no dudé ni un momento. Sabía que Rubén era incapaz de hacer algo así y las botas se las había regalado yo. No investigué ni pregunté nada más. Caminé a la cárcel y le dije a los oficiales que soltaran a mi carnal. “Hay que pagar mil pesos de fianza” me dijeron. Yo traía la raya semanal; sin pensarlo entregué los billetes y acompañé al policía cuando fue a sacarlo de la celda. A Rubén le brillaron los ojos por las lágrimas. “No me vaya a chillar” le dije, ocultando mis propias ganas de llorar.

Pasaron semanas y un día le pedí que fuera a Cholula a recoger una caja de sidra muy cara que le dicen champaña. Rubén no sabía cuántas botellas traía, pero yo sí: tenían que ser doce. Me la entregó, la abrí, las conté y la cifra no coincidía… Me puse bien nervioso. Conté de nuevo 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11… ¡Ah chirrión! No eran 12, sino 13. “No se me asuste” me dijo Rubén riendo mientras me palmeaba la espalda. “La que sobra la compré con mi lana. Es para brindar porque confiaste en mí. Las manzanas se las clavó el Mario”. El tapón de la botella salió disparado y rompió un vidrio. Nos tomamos un vaso frío y, como cuando éramos chamacos, nos fuimos a jugar a las canicas.

El valor de la imaginación

Lucas pasó una noche terrible en su colchoncito de paja. El ruido que hacían los grillos no le permitió dormir. A la mañana siguiente, se incorporó ojeroso y desvelado.
—Mi distinguido y fino primo carnal, el campo no es para mí… ¿Cómo ves si mejor te invito a mi residencia en la ciudad?—dijo Lucas, presumido.
—Me has contado tantas cosas que se me antoja conocer —respondió Jerónimo.
Se bañaron (a jicarazos), y se vistieron. Lucas, de saco y corbata; Jerónimo, de overol y camisa a cuadros.
—Mira qué fachas. Parece que vas a ir a vender queso en los altos de los cruceros. En fin, mi sastre hará maravillas contigo —comentó Lucas.
Para llegar a la ciudad se subieron a la cajuela de un auto y allí empezaron las molestias de Jerónimo. El humo le pareció insoportable y se resistió a probar la torta de jamón que hallaron entre las maletas.
La “residencia” de Lucas era una caja de dos pisos, en el sótano de una casa. No tenía ventanas y el ruido del televisor que un humano estaba viendo en la habitación de arriba nunca se interrumpía. Lucas propuso que salieran a pasear. La primera escala fue en el patio trasero de un restaurante donde le ofreció a Jerónimo sobras de los platillos.
—¡Qué pésimos cocineros! Todo está muy condimentado y sabe a refri. Necesito una sal de uvas —se quejó Jerónimo.
—No, no, espérate a que conozcas a mis amigas. Vamos a tomar un trago —lo alentó
Lucas mientras lo conducía al interior de una sala a media luz donde se leía un aviso: el centro nocturno carrusel presenta a sus hermosas bailarinas.
Se escondieron bajo una mesa a esperar el espectáculo, pero un mesero los vio:
—¡Ya se volvieron a meter los ratones! —gritó enojado y los sacó a escobazos.
De nuevo en casa, se pusieron a conversar:
—No aguanto la ciudad —dijo Jerónimo.
—No aguanto el campo —comentó Lucas.
—¿Y qué podemos hacer para seguir juntos? —se preguntaron.
Después de hacer cuentas decidieron ir a la playa… y tampoco les gustó: había demasiado sol, muchas olas, demasiada agua, muchos cocos y demasiada arena. Sin embargo, se echaron un clavado a la alberca y nadaron un rato. Saliendo, mientras bebían una piña colada, resolvieron buscar lo mejor del campo, lo mejor de la ciudad y lo mejor de la playa para disfrutarlo juntos.

– Fuente Electrónica: http://www.fundaciontelevisa.org/valores/cuentos/cuento-de-confianza/

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