Perseverancia

El salón del sol

Adela no era como las demás niñas. No le gustaban las muñecas ni los juegos de té. Le fascinaban los modelos para armar, los trenes eléctricos y los rompecabezas. Un día, por un anuncio, se enteró de la gran noticia: ¡Ya estaba a la venta el rompecabezas más grande del mundo! Tenía 24,000 piezas, medía cuatro metros de largo y presentaba imágenes de todo lo más hermoso que hay. Cuando cumplió diez años, su padre, don Amado, lo encargó de Europa y se lo regaló. También acondicionó una gran habitación de su casa en el centro de Guanajuato en la que entraba mucha luz y colocó una mesa del tamaño apropiado para el trabajo: “Éste es el salón del sol”, le dijo al invitarla a pasar; juntos abrieron la caja y seleccionaron las piezas de las orillas a lo largo de veinte meses.

Don Amado murió cuando Adela tenía dieciséis años; regresando del entierro, sin pensarlo, ella siguió con el rompecabezas, que apenas tenía una quinta parte completa. Permanecía horas en el salón del sol y mientras seleccionaba las partes de color igual, recordaba a su padre. A los veinte, al regresar del internado, besó a su madre, a sus hermanos, y fue corriendo al salón. Dedicaba cualquier rato libre a completar la tarea que había iniciado en su infancia. Cuando el guapo Martín le propuso matrimonio ella le planteó una condición: “Sí, mi amor, pero ayúdame a buscar la cabeza de la cebra, que no hallo”.

Nacieron sus hijos: tantito los arrullaba y los amamantaba, tantito colocaba nuevas piezas. Cuando Martín chico comenzó a caminar ya había completado los peces. Cuando Amelia salió de primaria alcanzaba a verse el arco-iris. Ernesto se graduó y ayudó a su madre con la ciudad sumergida. “¡Es la Atlántida!” dijeron y se abrazaron emocionados al reconocerlo. A los cincuenta años Adela enfermó de gravedad. El médico le recomendó reposo y, aunque se sentía débil, a diario pasaba unas horas entregada a su tarea.

Sus nietos eran pólvora… Adela temía que perdieran piezas; sin embargo, cariñosamente guiaba sus manos (sucias de tierra y caramelo) para que colocaran alguna en su lugar. Cuando enviudó sólo faltaban detalles. Sin querer humedecía las piezas con sus lágrimas y las secaba con el pañuelo. Su vista se nublaba, pero sus dedos reconocían los contornos. Habían pasado sesenta años desde el día en que don Amado le llevó el regalo y ya podía verse todo: los animales, los globos, los veleros, las águilas, los planetas… Sus manos temblorosas alcanzaron a completar la Luna. Faltaba sólo una pieza, la punta del ciprés, cuando doña Adela quedó dormida para siempre sobre ese mundo. Ángel, su nieto, la encontró así aquel mediodía en que el salón del sol parecía hecho sólo de luz. Puso en su lugar la última pieza y acarició a la abuela. Dice que ahora vive en la isla, en la casa de tejado rojo que hay en el centro de la imagen, entre los árboles y el faro que ella construyó a lo largo de su vida.

La séptima carrera

Escocia tuvo un rey llamado Roberto. Su reino estaba amenazado por Inglaterra, cuyo monarca había enviado a un ejército para apropiarse de sus tierras. Los escoceses ya estaban cansados y el reino poco a poco caía en la pobreza.

Roberto quería hacer la paz, pero tomar las armas le parecía inadecuado. Así que un día envió un emisario a la corte del rey enemigo para proponerle que resolvieran todo mediante una competencia de caballos. Si Roberto ganaba, los invasores se irían de sus tierras. Si Roberto perdía, se las entregaría.

La carrera se llevó a cabo. Roberto perdió, pero le pidió una nueva oportunidad al enemigo. —Piensa que mi patria está en juego —dijo al otro rey. Seguro de que Roberto no lo lograría, el enemigo le dio cinco oportunidades más. En todas lo venció. Una tarde de lluvia Roberto se refugió en una caverna, triste y sin esperanza. Entonces, sobre su cabeza vio a una araña muy pequeña que trataba de tejer su tela entre dos paredes. En seis ocasiones intentó tender el hilo de un extremo a otro, pero no lo logró. “Pobre animalillo” pensó el rey “tú sabes lo que son seis derrotas seguidas”. Pero entonces notó que la araña lo estaba intentando de nuevo y observó con gran interés lo que ocurría. “¿Volverá a fallar?” se preguntó. Pero en la séptima ocasión la araña consiguió su objetivo y siguió tejiendo. Inspirado por ese hecho pensó: “Si ella lo hizo ¿por qué no pruebo una vez más?” Con ánimo renovado fue en busca del monarca inglés y le pidió una última oportunidad. —Si en esta ocasión pierdo, me iré para siempre a las montañas —le informó.—Pobre ingenuo. Te la daré para mostrarte que las tierras no son para ti —respondió, confiado, el contrincante. En la séptima carrera Roberto puso todo su entusiasmo. Su caballo parecía compartirlo con él. Uno y otro dieron lo mejor que tenían de sí hasta casi perder el aliento. Para sorpresa de todos, fueron los primeros en llegar a la meta. El rey de Inglaterra admiró la perseverancia del contrincante. Como hombre de honor que era, poco después reconoció la independencia de Escocia. Hasta la fecha quienes viven allí recuerdan a la esforzada araña que inspiró la última carrera.

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Paz

El cielo fue más sabio

Georgina y Silvia vivían en la misma calle pero no eran amigas. Al contrario, enfrentaban una constante competencia por ver quién era la más bonita, la más aplicada, la más inteligente, quién tenía los juguetes más divertidos, los vestidos mejor cortados y la mascota más simpática. Cada una contaba con su grupo de seguidoras que veía con enojo a las de la otra. Ninguna tenía nada de excepcional: eran niñas como otras tantas que hay en Mérida, aunque algo desagradables por sus caprichos.

Una tarde, por casualidad, coincidieron en el salón donde les cortaban el cabello. Georgina deseaba que le afinaran su pelo rizado y rubio. Silvia quería que le despuntaran su melena negra. Llegaron al mismo tiempo, se miraron con desprecio y cada una exigió que la atendieran antes. “Arrégleme primero a mí porque tengo el cabello más hermoso”, le dijo Silvia a doña Queta. “¡No!”, gritó Georgina que, sin más, se le echó encima. No se dieron golpes, simplemente se jalaron del cabello. Volaron diademas, peinetas, broches y pasadores con mechones de las dos cabezas. Las madres de cada una se lanzaron a defenderlas y ahora eran ellas quienes reñían a mordidas y pellizcos en la acera, rodeadas por los curiosos, entre quienes había amistades y parientes. Como el pleito continuaba y la victoria no se definía, éstos metieron las manos en una riña colectiva. Llegó más gente del barrio. Había chicos y grandes, hombres y mujeres. Cada quien llevaba consigo cualquier cosa que había hallado para combatir: palos, botellas, ganchos, cuerdas y cadenas. Algunos, nada más para animar el ambiente, lanzaban cohetes: las palomas estallaban en el aire y los buscapiés corrían por los suelos. Aprovechando la confusión, otros entraron a los comercios, dispusieron de la mercancía y destrozaron los aparadores. Muchos ignoraban el motivo de aquella trifulca. Lo mismo pasaba con los perros. “Manchas” ladró al ver pelear a las dos chicas, pero los cientos de canes que ahora formaban un coro infernal, nada más lo imitaban, sin saber qué los tenía enojados. La ciudad estaría pronto en una guerra civil, pero el cielo fue más sabio… una poderosa tormenta empapó a aquellos peleoneros que tuvieron que regresar a su casa.

Al amanecer del día siguiente el barrio estaba destruido, y aunque nadie había resultado herido de gravedad, todos cojeaban, traían la cabeza vendada y los brazos con cabestrillos. Georgina y Silvia se encontraron en la calle con los vestidos rotos y algo calvas. “Luces fatal, querida”, dijo Silvia. “No, tú luces peor”, respondió Georgina. Ya iban a empezar a discutir, pero la primera dijo: “Ya ni le sigas, comadre. ¿Qué te parece si mejor buscamos juntas un remedio para restaurar nuestro cabello?”, “…y nuestro barrio”, completó la otra. Se fueron caminando abrazadas hacia la tienda de pelucas. Ningún vecino creía lo que miraban sus ojos.

El soldado herido

Jacinto y Rosendo eran dos niños que vivían en una hacienda de Puebla por 1840. Sus padres estaban empleados en los trabajos de labranza y ellos se hicieron grandes amigos. Iban juntos a nadar, salían a montar a caballo cuando los dejaban y compartían todo, incluyendo sus sencillos juguetes, como una resortera y unas canicas de brillante vidrio traídas de la capital. Los habitantes del lugar les decían “los hermanos”, pues siempre andaban juntos, como si fueran de la misma familia, como si llevaran la misma sangre.

Un día pasó por la hacienda un vendedor de objetos usados que ofrecía su mercancía de pueblo en pueblo. A los niños les fascinó un viejo soldado de tela. Cuando preguntaron cuánto costaba descubrieron que juntando las monedas que cada uno tenía ahorradas podrían comprarlo y así lo hicieron. De día pasaban horas jugando con el soldado, de noche éste los cuidaba. Así corrían los meses hasta que, en una ocasión, los niños discutieron por un chisme sin importancia. Llegaron a las manos y comenzaron a disputarse el soldado de tela. Uno lo jaló de los brazos y otro de las piernas hasta que el juguete se desgarró en dos. Rosendo se alejó furioso; Jacinto recogió al soldado y se lo llevó a su madre para que lo cosiera. No volvieron a hablarse y el destino los llevó por diferentes rutas.

Entre 1858 y 1861 México se hallaba sumido en una terrible guerra entre dos bandos contrarios, los liberales y los conservadores, episodio conocido como Guerra de Reforma. Aunque los combatientes eran todos mexicanos, se peleaban por ideas contrarias. Las batallas se sucedían, el centro del país estaba en llamas y morían centenares. Los dos niños de Puebla eran ahora mayores de edad. Jacinto encabezaba una tropa liberal, Rosendo una tropa conservadora. Quiso el azar que ambas se encontraran en un paraje del Estado de México y se preparan para combatir. La batalla estaba a punto de estallar y los soldados, jóvenes como ellos, se alistaban.

Poco antes de iniciar el fuego, Jacinto envió a uno de sus hombres al campamento de Rosendo para solicitarle una entrevista. Cuando llegó a verlo, Rosendo lo reconoció de inmediato y no supo qué decirle después de tantos años. Jacinto metió la mano en la bolsa de su abrigo y sacó al viejo soldado de tela, con las gruesas puntadas que eran como la cicatriz de una grave herida: “Amigo —le dijo a Rosendo— hace años herimos de muerte al mejor soldado de tela. ¿Es justo que hoy hagamos que se enfrenten soldados de carne y hueso?” Con lágrimas en los ojos Jacinto abrazó al juguete de su infancia e indicó a su tropa bajar las armas.

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Amistad

El pequeño Bebé era un niño de cinco años, el pelo rubio le caía en rizos por la espalda y lo vestían como a un príncipe, con pantaloncitos ceñidos a las rodillas, una blusa de marinero y medias de seda. Su familia lo quería mucho y él había aprendido a querer a los demás. Sin embargo, no era ningún santo: una vez rompió un valioso jarrón mientras perseguía a su gato consentido. Le gustaba pasar largos ratos con los empleados de su mansión y escuchar sus relatos de África, también solía hacer amistad con los niños sencillos de la calle, a quienes regalaba sus zapatos. Su mejor amigo era su primo Raúl, un pequeño huérfano que tenía el pelo oscuro, vestía ropa muy común y no usaba medias de seda.

En las vacaciones sus padres lo llevaron de viaje a París y también invitaron a Raúl. Conocieron grandes casas y museos, fueron a la escuela para ciegos y visitaron al tío de mamá, un señor flaco y solemne llamado Don Pomposo. Era muy antipático, pero como la mamá de Bebé era muy rica, le daba todas las atenciones. Cuando Don Pomposo vio a los niños se acercó a Bebé, le tendió la mano, le quitó con cuidado el sombrerito y le dio unos besos pegajosos. Aunque Raúl iba bien vestido, Don Pomposo ni siquiera lo saludó. El pequeño se sintió muy triste y se hundió en un sillón con el sombrero en las manos.

Don Pomposo se levantó de su sofá colorado y le dijo a Bebé: “Mira, mira, lo que te tengo guardado: esto es algo que cuesta mucho dinero y te lo doy para que sepas que soy tu mejor amigo”. El señor tomó su pesado llavero, abrió un armario y le entregó un hermoso sable dorado. Con la ayuda de un cinturón se lo colocó y le pidió que se viera en el espejo. Bebé vio su propia imagen y alcanzó a ver el reflejo de Raúl, con la cara muy triste, como si se fuera a morir.

Aquella noche los niños descansaban en la misma habitación. Raúl dormía a pierna suelta, pero Bebé no podía conciliar el sueño pensando en Raúl, su compañero de juegos, aventuras y travesuras. Raúl no tenía mamá, ni ropa elegante, ni tíos que le hicieran regalos valiosos. A pesar de ello sabía ser el amigo más fiel y compartido de todos.

Apenado por lo ocurrido en casa de Don Pomposo, Bebé se levantó y caminó con cuidado al tocador para no hacer ruido. Tomó el hermoso sable, lo levantó muy despacio y lo colocó a un lado de la almohada de Raúl para que al día siguiente, tan pronto despertara, se encontrara con la sorpresa del brillante obsequio que merecía el mejor de los amigos.

Los polvos del virrey

Por allá por el siglo XVII, el gobierno de los virreyes en la Nueva España contaba con cientos de empleados menores que ganaban poco y no podían salir de “perico perro” como solía decirse a los mediocres.

Don Jorge Antonio de Méndex y Tirado de la Calle, uno de ellos, trabajaba en el Palacio virreinal copiando documentos y su sueldo no le alcanzaba. Habitaba una ruinosa vecindad con su esposa Andrea, vulgar, medio pelona y enferma de obesidad, y sus doce hijos, ojerosos y pálidos por su dieta a base de comida chatarra novohispana. Nadie quería juntarse con él y hacía su trabajo de mala gana, esperando la hora de la salida. Estaba cansado de esa vida de privaciones y siempre compraba billetes de la lotería con la esperanza de ganar el premio mayor.

Un día estaba muy desanimado por un disgusto con su familia. Su esposa y sus hijos le habían pedido que los llevara a probar suerte en el palo ensebado de la feria, pero él no tenía dinero. Llegó a trabajar a la oficina, se sentó a su escritorio, puso la cabeza entre las manos y se quedó mirando al techo un buen rato. De repente, para sorpresa de sus compañeros, sus ojos brillaron y se puso a escribir por veinte minutos con su pluma de ave. Cuando el documento estuvo listo salió de su despacho y fue a entregarlo a la oficina del virrey.

Pasaron los días. Una tarde don Toño parecía esperar algo en la esquina de Mercaderes y Plateros mirando con atención hacia el Palacio virreinal. De repente hubo una movilización de guardias pues el virrey saldría a pasear. Acompañado de su séquito, Su Excelencia avanzó a caballo ante decenas de curiosos. Al llegar a la esquina se detuvo frente a Toño y lo saludó. De su bolsillo sacó una pequeña caja de rapé (el tabaco molido que se acostumbraba inhalar en aquella época sin leyes antitabaquismo), y le ofreció. Éste le respondió: “Gracias Señor mío” y aceptó una pizca.

La fortuna de don Toño cambió al instante. Muchas personas y nuevos “amigos” acudieron a su casa para que los recomendara con el virrey y lo llenaron de obsequios y donativos, pues suponían que tenía una estrecha amistad con él. Todo llegó a oídos de Su Excelencia, quien se divirtió mucho recordando que don Toño le había escrito una carta en la que le pedía “detenerse en la esquina y ofrecerle rapé”.

El virrey lo hizo llamar a su presencia. Don Toño creyó que iba a recibir un bastonazo de su patrón. Su Excelencia lo miró y, al cabo de un buen rato, le dijo: “Creo, creo, creo que… que… ¡usted merece un premio por su ingenio!”. “¿Y cuál es?” preguntó don Toño. “Darte mi verdadera amistad” dijo el virrey tendiéndole la mano.

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Responsabilidad

Felisa en la cristalería

Don Renato Conde era un jubilado que vivía en un departamento situado en la colonia Roma de la Ciudad de México. Los fines de semana recibía a sus hijos y sus nietos. Dedicaba los otros días a leer, tomar café (a veces una copa) con sus amigos, jugar dominó y ver series en la televisión. También empleaba parte de su tiempo para jugar con Felisa, su mascota, una gatita consentida hasta el exceso. Aunque le habían recomendado que la inscribiera con un entrenador para aprender modales, don Renato no hacía caso y dentro de aquella casa Felisa hacía lo que le venía en gana: saltaba de una silla a otra, arañaba los muebles y se acostaba en la cama del señor sin permitirle descansar. Cuando salían a pasear a la calle, don Renato la sujetaba con una correa para evitar que hiciera travesuras.

Una tarde que fueron a caminar don Renato se encontró a don Salvador, un amigo de la juventud. Felisa aprovechó la distracción de la charla para zafarse y corrió tras un ratón que había visto pasar. Asustado, el roedor entró a esconderse en Regalos Milton, una famosa cristalería de aquel barrio. Tratando de capturarlo, Felisa brincaba en los anaqueles, se deslizaba en los aparadores, metía las patas en las vitrinas. En su loca carrera iba destrozando jarrones de porcelana, copas de cristal, finos pisapapeles y figuras de cristal cortado ante los aterrados ojos de don Elías, el dueño de la tienda.

Al cabo de unos minutos, Regalos Milton era una zona de desastre. Felisa no había logrado atrapar al ratón pero había ocasionado destrozos por varios miles de pesos. El estruendo fue tan grande que Don Renato (que seguía platicando) alcanzó a escuchar lo que ocurría y vio, a unos metros, que don Elías trataba de atrapar a Felisa dándole con un periódico. Don Salvador le dijo: “¡Mira nada más lo que hizo tu gata! El costo de los daños equivale a todos tus ahorros. Mejor vámonos para que no tengas que pagar nada.” Don Renato lo miró enojado: “¿Cómo me recomiendas eso? En primer lugar, no puedo abandonar a mi Felisa a su suerte. En segundo, no puedo dejar así al pobre hombre que perdió casi todo.”

Decidido, don Renato caminó hasta la entrada de Regalos Milton. Cuando lo vio Felisa saltó para acomodarse en su hombro. “Vengo a responder por los daños que causó mi mascota” le dijo a don Elías y le entregó una tarjeta con su nombre y su dirección. Días después don Elías le presentó la cuenta de los destrozos. Cuando terminó de revisarla, don Renato se percató de que sólo le estaba cobrando la mitad y le preguntó por qué: “No puedo permitir que usted pierda todos sus ahorros —le dijo don Elías— y, además, usted necesitará dinero para inscribir a Felisa con un entrenador.” Los dos ancianos se quedaron platicando sobre sus vidas y Felisa, muy mustia, se escondió debajo de un colchón.

El pequeño escribiente florentino

En Florencia, Italia, vivía una familia compuesta por el padre, la madre y tres hijos. El mayor se llamaba Carlo. El padre era empleado en los ferrocarriles. Como el sueldo que ganaba no era suficiente, por las noches trabajaba como escribiente (copiaba a mano cartas y otros documentos). Lo hacía porque deseaba ofrecer a sus niños la mejor educación posible. Aunque sabía que Carlo era un poco despistado y disculpaba sus pequeños olvidos, era muy exigente en cuanto a su desempeño en la escuela. Carlo, por su parte, comprendía el esfuerzo que estaba haciendo su padre. Sabía, además, que estaba perdiendo la vista por forzarla tanto de noche. En una ocasión le propuso ayudarlo.

—¡De ninguna forma! —respondió el señor. No quiero que al día siguiente estés cansado y te distraigas en tus estudios. El pequeño no quedó conforme con la respuesta y planeó hacer algo. Por las noches esperaba despierto hasta que su padre terminaba su tarea de copista y se recostaba a descansar un rato. Entonces Carlo se dirigía al escritorio y trabajaba hasta el amanecer. La situación se prolongó por varias semanas. El padre no se daba cuenta de que las copias aumentaban, pues las hacía de forma mecánica y todos los documentos se parecían entre sí. Cuando fue a entregar el material a quien se lo encargaba, le sorprendió ver que recibía más dinero del acostumbrado. Con los ingresos extra que obtuvo compró alguna ropa de invierno para los niños.

Al cabo de un tiempo, el maestro de Carlo se quejó: el niño parecía siempre adormilado y no ponía interés en los estudios. El padre lo regañó. Pero Carlo no contó su secreto y se siguió levantando por las noches para trabajar. Al paso de los días se veía cansado y su madre pensó que quizás estaba enfermo. Una noche, mientras hacía sus copias, el pequeño escuchó ruido. No prestó demasiada atención y siguió con su trabajo. Al poco rato oyó que alguien suspiraba atrás de él. Era su padre. El señor lo abrazó y le ofreció una disculpa: —Querido Carlo. De veras que ya no veo lo que ocurre a mi alrededor. Doy gracias por tener un hijo como tú.

—Adaptación de un cuento de Edmundo de Amicis incluido en Corazón, diario de un niño.

El aprendiz de brujo

En un inmenso castillo vivía un hechicero que se dedicaba al estudio de las fórmulas mágicas. Nopermitía que nadie fuera a visitarlo y sólo aceptaba la compañía de su joven ayudante, Daniel, unjovencito moreno y espigado que no entendía lo que hacía su maestro. En una ocasión, el mago tuvo que salir a un largo viaje en busca de plantas para una fórmula secreta. Antes de partir le hizo recomendaciones a Daniel: no debía abrir la torre donde él trabajaba, ni tocar sus libros. También le encargó que limpiara algunas habitaciones del castillo. —Es una gran responsabilidad, pero sé que podrás cumplirla —le dijo. Los primeros días Daniel siguió las instrucciones. Pero dos semanas después comenzó a sentir fastidio por las tareas de limpieza. Así que una tarde subió a la torre. Sobre la mesa halló el libro con las anotaciones del mago. Emocionado por pensar podía ser un hechicero, se puso la túnica de éste y, subido en un banquito de madera, comenzó a leer. No entendía las palabras, pero las pronunció en voz alta sin darse cuenta que eran mágicas. De repente, la escoba y el balde se presentaron y se pusieron a sus órdenes.

Daniel se asustó un poco, pero pensó aprovechar la situación. Para limpiar tenía que cargar agua, y le daba flojera. Así que les dio instrucciones de hacerlo.

El balde y la escoba iban y venían, iban y venían. Después de algunas vueltas ya había agua suficiente y Daniel les pidió que no trajeran más. Pero como sólo entendían palabras mágicas no le hicieron caso y siguieron trabajando.

Al cabo de un rato el agua cubría el piso y corría escaleras abajo. Llenó las habitaciones e inundó el castillo pero el balde y la escoba no se detenían. El líquido le estaba llegando al cuello y los objetos del laboratorio flotaban a su alrededor. “¡Auxilio!” gritó el joven aprendiz. En ese instante apareció el brujo. Vio lo que estaba pasando y pronunció las palabras necesarias para resolverlo. El hechizo se detuvo y pronto todo estuvo bajo control. Instantes después el mago reprendió a Daniel: “Antes que aprender magia y hechicería, tienes que aprender a cumplir con las responsabilidades que se te encomiendan”.

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Honestidad

La estola de zorro

Cuando se casó, allá por 1920, doña María del Carmen recibió un obsequio de su madre: una antigua estola, una prenda especial que se pone alrededor del cuello y baja por el pecho, a los dos lados, hecha de piel de zorro. El artesano que la había confeccionado casi un siglo antes la había cosido con habilidad, de manera que incluía, en un extremo, la cabeza del animal con su pequeña dentadura, nariz y ojos artificiales, y en el otro, las patitas del mamífero. Su origen era ilegal, pues estaba prohibido cazar zorros; sin embargo en ese entonces las damas de sociedad gustaban de vestir pieles porque, según esto, se veían más elegantes. Doña María del Carmen usaba la estola en ocasiones especiales, como cuando salía de paseo con su esposo, don Valentín, y andaban del brazo por las calles de San Luis Potosí.

Hasta él sabía que la estola no era nada bonita, pero se lo callaba por no incomodarla. Era terrible ver la figura aplanada de ese zorro que alguna vez andaba corriendo por los montes. Por otra parte, dada su antigüedad, se le estaba cayendo el pelo, que soltaba por todos lados. Además, tenía una orilla de terciopelo verde muy pasada de moda y un extrañísimo olor a hospital, pues la guardaba con bolas de naftalina, una sustancia especial para evitar que la atacara la polilla. Sin embargo, las comadres de doña María del Carmen no se atrevían a decirle la verdad. Por el contrario, ¡elogiaban con hipocresía la prenda! “Qué divina estola”, le decía doña María Guadalupe. “Qué objeto tan fascinante. Ni en París he visto pieza tan exquisita de alta costura”, comentaba doña Tololo. Cuando las dos se reunían aparte, se reían largas horas de la estola, mientras bebían champurrado.

Un domingo por la mañana doña María del Carmen se preparó para asistir a misa de doce en Catedral. Se puso un sobrio vestido negro que le llegaba abajo de la rodilla y, sobre los hombros, la estola. Dio los últimos toques a su impecable peinado, se perfumó con su loción preferida (Habanita, que olía tan rico como un postre) y salió de casa caminando con mucho garbo, viendo a toda la gente por encima del hombro. En esta ocasión iba sola, pues don Valentín se hallaba en Matehuala. Al verla pasar, los señores se quitaban el sombrero y las señoras la criticaban por lo bajo, pero le sonreían y agitaban las manos.

Iba dando la vuelta por una esquina cuando vio a una sencilla mujer, cubierta con un rebozo, que llevaba de la mano a un niño de unos cinco años. Cuando el pequeño miró a doña María del Carmen, se asustó con la estola y le gritó a su mamá: “¡Mira mamá, esa señora trae colgado un perro muerto!”. Al escucharlo doña María del Carmen sintió una enorme vergüenza y bajo la luz del sol se dio cuenta de que su estola, efectivamente, parecía el cadáver de un can. Llamó por teléfono a su casa para que una de las muchachas fuera a recoger la estola y caminó de prisa para alcanzar al niño. Al verla, la madre reaccionó a la defensiva: “¿Qué le quiere hacer?”. Doña María del Carmen respondió: “Invitarlo a pasar a la dulcería de enfrente para comprarle lo que se le antoje y agradecerle que me haya dicho la verdad.”

La nodriza

En el México del siglo XIX, Julio Díaz y Amparo Cota se enamoraron desde jóvenes. Aunque anhelaban casarse pronto, sus planes resultaron difíciles de cumplir, pues él tenía que labrarse una posición como abogado y ella tenía que cuidar a su padre enfermo. Pasaron los años, él consiguió un trabajo digno que le permitió comprar lo necesario para un modesto hogar y, a los pocos meses, el padre de Amparo falleció.

A los tres años de casados ocurrió lo que tanto habían anhelado: ¡ella estaba esperando un bebé! Cuando lo supieron compraron todo lo necesario para el pequeño: camisas, pañales, mantillas, gorros, zapatos y un sinfín de artículos, incluyendo un colchoncito de plumas, cintas de colores, listones, moños y hasta un sonajero de plata.

El parto no fue cosa fácil, pero el chiquillo nació sano y hermoso; le pusieron por nombre Carlitos. Sus padres sólo pensaban en él y dejaban a un lado cualquier otra actividad con tal de bañarlo, arrullarlo, cuidarlo y acariciarlo. El mamoncillo, como les decían a los niños de pecho, tenía un excelente apetito y se desarrollaba admirablemente… Sin embargo, a los cuatro meses empezó a desmejorar y lucía flacucho y ojeroso. Aterrados, Julio y Amparo llamaron al doctor Álvarez Moreno para que lo revisara.

Después de varios exámenes, el doctor concluyó que el problema estaba en la leche materna, que no bastaba para nutrirlo. Quisieron darle leche de vaca y el nene la escupía. Los ensayos con leche de cabra y burra tuvieron el mismo resultado. Los padres ya no sabían qué hacer.

Una tarde, mientras miraba por la ventana, Amparo vio a una humilde mujer con cuatro niños, bastante desarreglados pero bien gorditos. Decidida, le preguntó si no quería trabajar como nodriza de Carlitos; es decir, alimentarlo con la leche de sus senos. Cuando Gabina —que así se llamaba la mujer— lo amamantó por primera vez, Carlitos succionó con apetito y una leche deliciosa, dulce y espesa se le derramó por la carita. En cuestión de días fue recuperando su peso y buen color.

Gabina se dio cuenta de lo mucho que la necesitaban en esa casa y aprovechó la situación en su beneficio. Pidió a cambio un sueldo mensual de muchos pesos, tres vestidos, dos pares de zapatos y ropa para sus hijos. Con esfuerzo Julio y Amparo le dieron todo eso… Sin embargo, las exigencias de Gabina iban en aumento: antojos a toda hora, alhajas, rebozos y hasta los vestidos de la señora de la casa.

Un día Amparo supo que en el rancho de Gabina había ocurrido una grave inundación y que toda su familia había desaparecido. Cuando se lo informó, Gabina derramó algunas lágrimas, pero luego dijo: “Me alegro, porque así no tendré que darle a nadie de mi sueldo.”

Ese mismo día Amparo y Julio determinaron enseñar a Carlitos a comer solo y despidieron a Gabina. Les dio miedo que el pequeño heredara la conducta deshonesta y el corazón de piedra de la nodriza.

El plato negro

Por los caminos de la India dos vendedores iban de pueblo en pueblo ofreciendo trastes, artículos para limpiar la casa y brillantes adornos. Echaban suertes con una moneda para ver quién podía anunciarse primero. Cuando éste acababa, el otro promovía sus artículos. Así lo hicieron en una vieja aldea.

Cuando el primer vendedor pregonaba “¡Trastes, ollas, joyas para las señoritas!” una pequeña y su abuela se detuvieron. A la niña le fascinó un brazalete.

—¿Cuánto cuesta? Preguntó, triste, la abuela, ya que eran muy pobres.

—Más de lo que pueden pagar —respondió el vendedor.

—En la casa conservamos un viejo plato negro de metal ¿puede tomarlo a cambio? Caminaron rumbo al hogar. La humilde morada no tenía muebles y el piso era de tierra. Cuand le mostraron el plato, el vendedor lo examinó. Al frotar el reverso notó que era de plata pero el tiempo lo había ennegrecido.

—Este cacharro no vale nada. Se los cambio por una escobeta —propuso.

—Gracias, señor, preferimos conservarlo —informó la abuela.

El vendedor se retiró pensando en volver al día siguiente para convencerlas. Llegó el turno del segundo vendedor para recorrer el pueblo. La niña y su abuela salieron a su encuentro. De nuevo, la pequeña pidió un brazalete. Los tres se dirigieron a la choza para ver el plato. De inmediato el hombre reconoció su valor. —Señora, este traste es de plata. Los objetos que traigo no bastan para pagarlo.

—No lo sabíamos. ¡Todo falta en esta casa! ¿Podría darnos el brazalete y alguna otra cosa útil? —preguntó la abuela.

El vendedor les entregó toda su mercancía. A la salida del pueblo le mostró el plato a su colega y le contó lo que había ocurrido. Éste se enfureció por haber perdido la oportunidad de estafarlas. Pero lo pensó un rato y luego decidió:

—Si unimos tu honestidad y la hermosa mercancía que me queda haremos el mejor negocio. ¿Podemos trabajar juntos?

—Claro que sí —respondió el hombre honrado.

Desde entonces fueron los comerciantes más exitosos de la región.

– Fuente Electrónica: http://www.fundaciontelevisa.org/valores/cuentos/abril-cuento-de-honestidad

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